“Quedate tranquilo, no pasa nada; calmate, tomá aire, respirá… Para alguien que está teniendo un ataque de pánico eso no ayuda. En mi caso, hacía que me sintiera peor. Yo realmente sentía que me estaba quedando sin aire, que algo no estaba bien en mi cuerpo. La sensación era completamente real, aunque el peligro no lo fuera.
Todo empezó después de una situación familiar muy fuerte. Al día siguiente me levanté como siempre, hice mi rutina, pero cuando estaba por salir de mi casa no pude. Literalmente no pude abrir la puerta. Me invadió una sensación de nerviosismo, empecé a transpirar, el corazón me latía muy fuerte y no entendía qué me estaba pasando. Como era la primera vez, no lo identifiqué como un ataque de pánico.
Tiempo después volví a sentir algo similar, pero mucho más intenso. Estaba en mi casa y de repente me paralicé. Tenía temblores, palpitaciones, me sentía fuera de mí, sin control. Lo peor era el miedo, pero no sabía exactamente a qué le tenía miedo. Cuando terminó, me sentí completamente agotado, como si mi cuerpo hubiera pasado por algo muy fuerte. Lloraba sin entender por qué.
Con el tiempo entendí que los ataques duran poco, unos minutos, pero lo que los hace más difíciles es el miedo a que vuelvan. Ese “miedo al miedo” fue lo que más me afectó, porque terminaba provocando nuevos episodios.
Algo que me ayudó mucho fue aceptar lo que me estaba pasando. Dejar de pelearme con eso. Entender que soy una persona ansiosa y que eso también forma parte de mí. A partir de ahí pude empezar a trabajarlo, ir a terapia y aprender a reconocer las señales antes de que el ataque aparezca.
Hoy sé que tener herramientas es clave. No se trata de evitar todo por miedo, sino de aprender a atravesarlo. También encontré en el arte, en el teatro, una forma de expresar lo que sentía y eso fue muy importante para mí.
Si algo aprendí de todo esto, es que no estás solo. Aunque sea difícil de explicar, hay muchas personas que pasan por lo mismo. Y hablarlo, compartirlo, puede hacer una gran diferencia.”
