Kelly G.M. tenía menos de 10 años cuando comenzó a usar Instagram y YouTube. Lo que parecía una forma normal de entretenimiento terminó convirtiéndose, según relata, en una dependencia que afectó profundamente su salud mental.
Hoy, con 20 años, la joven llevó a juicio a Google y Meta en uno de los procesos judiciales más importantes de la era digital, acusando a las compañías de diseñar plataformas “adictivas” dirigidas especialmente a niños y adolescentes.
En su demanda, Kelly asegura que pasó años atrapada en un consumo compulsivo de redes sociales, marcado por el scroll infinito, las notificaciones constantes y la necesidad permanente de validación digital.
“Mi salud mental se deterioró”, sostiene la joven, quien asegura haber sufrido ansiedad, depresión, problemas de autoestima e incluso pensamientos suicidas durante su adolescencia.
Su abogado, Mark Lanier, acusó a las empresas tecnológicas de crear “máquinas diseñadas para volver adictos los cerebros de los niños”, comparando el funcionamiento de las plataformas con mecanismos similares a los utilizados en casinos y apuestas.
Por su parte, Meta y Google rechazaron las acusaciones. Directivos como Mark Zuckerberg y Adam Mosseri defendieron las plataformas argumentando que no existe un consenso médico sobre una “adicción clínica” a las redes sociales y señalaron que se trata de un “uso problemático” por parte de algunos usuarios.
Sin embargo, organismos internacionales y diversos estudios científicos han advertido sobre el impacto del uso excesivo de redes sociales en adolescentes, relacionándolo con ansiedad, depresión, baja autoestima, aislamiento y pensamientos suicidas.
El caso de Kelly se ha convertido en símbolo de un debate global sobre el impacto de la hiperconectividad y el modelo de negocio de las grandes plataformas digitales, especialmente en menores de edad.
El juicio podría sentar un precedente histórico y abrir la puerta a miles de demandas similares contra empresas tecnológicas en Estados Unidos.
