Al principio pensé que era una etapa normal. Mi hijo pasaba más tiempo en su teléfono, pero creí que solo estaba hablando con amigos. Poco a poco dejó de salir, se mostraba irritable y siempre estaba pendiente de las notificaciones. Si le quitábamos el celular, reaccionaba con enojo y ansiedad. Ya no dormía bien y sus calificaciones empezaron a bajar.
Como madre, fue muy duro aceptar que algo que parecía inofensivo estaba afectando su estabilidad emocional. Buscamos ayuda profesional y entendimos que no se trataba solo de disciplina, sino de un problema más profundo relacionado con el uso excesivo de redes sociales. Hoy estamos trabajando en establecer límites y recuperar la comunicación en casa.”
