Todo comenzó cuando tenía 17 años. Me veía al espejo y odiaba lo que veía. Me sentía débil, pequeño, invisible. Empecé a ir al gimnasio para mejorar mi estado físico, pero con el tiempo, eso dejó de ser suficiente. Me obsesioné con ganar masa muscular a cualquier costo."
En ese momento, las redes sociales no ayudaron. Veía constantemente hombres con cuerpos esculturales, y cada foto era una confirmación de que yo no estaba ni cerca. Comencé a entrenar todos los días sin descanso. Algunas veces hasta dos veces al día. Mi dieta se volvió una tabla rígida de proteínas, carbohidratos, nada de grasas, nada de azúcar. Me pesaba dos veces al día, medía mi brazo con una cinta métrica, y si no veía progreso, me hundía en la ansiedad.
A los 19 empecé a usar suplementos que me recomendaban en el gimnasio, sin saber bien qué contenían. Después vinieron los esteroides, también sin supervisión médica. Me los vendía un tipo que “entendía” del tema. Lo que más me afectó fue que, aunque mi cuerpo cambiaba y ganaba masa muscular, nunca me veía lo suficientemente grande. Mi mente no registraba los avances. El espejo me seguía mostrando a un “flaco”.
Me alejé de mis amigos, rechacé salidas porque rompían mi rutina de entrenamiento o mi dieta. Incluso terminé una relación porque me sentía más cómodo con mis rutinas que con cualquier vínculo emocional. Mi vida giraba en torno al físico, y sin darme cuenta, ya no era libre.
Todo cambió cuando terminé en urgencias por una alteración hepática causada por los productos que tomaba. El médico fue claro: "Si seguís así, vas a terminar con un problema serio de salud." Fue un golpe durísimo. Por primera vez me cuestioné lo que estaba haciendo.
A partir de ahí, busqué ayuda psicológica. Me diagnosticaron con dismorfia muscular. Al principio me negué, no quería aceptar que tenía un problema mental, pero fue el primer paso. Comencé una terapia cognitivo-conductual y poco a poco fui entendiendo de dónde venía esa necesidad de aprobación, de control, de “perfección”.
Hoy, con 26 años, sigo entrenando, pero de una manera saludable. Tengo una alimentación más equilibrada, y sobre todo, una relación más amable con mi cuerpo. Hay días en los que recaigo mentalmente, en los que me miro al espejo y me vuelve esa voz crítica. Pero ahora sé cómo manejarla. Sigo en terapia y tengo una red de apoyo.
Lo más importante que aprendí es que el cuerpo no define tu valor. Que la verdadera fuerza no está en los músculos, sino en poder aceptarse y cuidarse. Hablar de esto es parte de mi recuperación. Porque si este testimonio ayuda a alguien a reconocer lo que está viviendo, ya habrá valido la pena contar mi historia.
