“Hace años empecé a correr para sentirme mejor, para mejorar mi condición física y disfrutar de algo que me hacía feliz. Al principio todo era positivo: cada entrenamiento se sentía como un logro, como pequeñas victorias que me motivaban a seguir. Me volvía más fuerte, más rápida, más constante.
Pero con el tiempo, algo cambió. Sin darme cuenta, el ejercicio dejó de ser una elección y comenzó a convertirse en una necesidad. Empecé a levantarme cada vez más temprano para entrenar y a organizar mi vida alrededor de eso. Llegó un punto en el que sentí que ya no tenía el control… era el ejercicio el que me controlaba a mí.
Esto comenzó a afectar mi trabajo, mi familia y mis relaciones. Cancelaba planes, llegaba tarde o solo aceptaba ver a alguien si implicaba hacer alguna actividad física. Me fui aislando poco a poco y muchas personas no entendían lo que estaba pasando. Yo tampoco lo entendía del todo.
Recuerdo que solo podía relajarme después de cumplir con mi rutina diaria. Si no lo hacía, sentía ansiedad, culpa e incomodidad. Lo que antes me hacía feliz, se convirtió en una presión constante.
Con el tiempo entendí que había cruzado una línea. Que algo que debía ser saludable se había vuelto una obsesión poco sana. Reconocerlo no fue fácil, pero fue el primer paso para recuperar el equilibrio y volver a relacionarme con el ejercicio de una manera más sana.”
