“Al principio parecía inofensivo… solo quería sentirme mejor.”
Así comienza la historia de Lucy, una mujer de 37 años que convirtió las compras en su principal refugio emocional. Rodeada de ropa, bolsas y paquetes, recuerda cómo llegó a pasar hasta 14 horas al día buscando qué comprar, intentando escapar de una realidad que no sabía cómo enfrentar.
“Era lo primero en lo que pensaba al despertar”, confiesa. Lo que comenzó como una simple “terapia de compras” terminó convirtiéndose en una necesidad incontrolable. La emoción de adquirir algo nuevo duraba apenas unos momentos, para luego dar paso a la culpa, la ansiedad y una sensación constante de vacío.
Lucy llegó a acumular una deuda cercana a los 16 mil dólares y, en más de una ocasión, dejó de pagar sus gastos básicos con tal de seguir comprando. “La ropa se volvió una coraza… una forma de no sentir la vida real”, explica.
Pero no es un caso aislado.
Natalie, de 40 años, vive una realidad distinta pero igual de intensa. Su hogar está lleno de productos acumulados: cientos de artículos repetidos, miles de objetos que no necesita. “No puedo parar… y tampoco quiero parar”, admite. Para ella, comprar no solo es impulso, también está ligado a patrones obsesivos que le impiden encontrar tranquilidad si no adquiere ciertos productos.
Ambas coinciden en algo: las redes sociales han sido un detonante clave. Ver a influenciadores mostrando grandes cantidades de ropa, productos o estilos de vida “perfectos” normalizó comportamientos que, en el fondo, eran señales de alerta.
“Se vuelve parte de tu rutina, de tu identidad… como si comprar fuera la única forma de sentir algo”, describe otra joven que logró salir de este ciclo tras años de endeudamiento.
Expertos señalan que este trastorno, conocido como oniomanía, funciona de manera similar a otras adicciones. La anticipación de la compra genera una respuesta química en el cerebro que produce placer inmediato, pero efímero. Cuando ese efecto desaparece, la persona busca repetir la experiencia, entrando en un ciclo difícil de romper.
El problema es que, a diferencia de otras adicciones, esta aún no es reconocida de forma amplia como un diagnóstico formal, lo que limita el acceso a tratamientos adecuados. Aun así, quienes la padecen coinciden en la urgencia de visibilizarla.
“Esto debe tomarse en serio”, afirma Lucy. “No es solo gastar dinero… es perder el control de tu vida poco a poco”.
Hoy, algunas de estas personas están en proceso de recuperación, aprendiendo a enfrentar sus emociones sin recurrir a las compras. Pero también hacen un llamado claro: se necesita más información, más apoyo y, sobre todo, más comprensión.
Porque detrás de cada compra impulsiva, muchas veces, hay una historia que aún no ha sido atendida.
