Durante cinco años, JCR durmió tres horas en promedio para derrotar a un enemigo virtual en un juego de roles. Con sólo hacer un clic, se convertía en la persona que siempre había querido ser.
El mundo real era para J. C. R. un ovillo enmarañado, un laberinto sin salida que requería de soluciones que no aparecían en ningún libro. En su computadora, en cambio –y en la intimidad de su habitación–, todo era más fácil. Con una serie de pasos claros conseguía objetivos. Destapaba corrupciones, eliminaba enemigos malvados y hasta podía salvar al mundo.
Allá afuera, la vida estaba llena de situaciones que no podía controlar. Mujeres que lo abrazaban y lo hacían sentir incómodo. Padres que exigían nueves y diez. Un futuro incierto. Pero adentro, metido en su juego de roles, se convertía en la persona que siempre había añorado ser: el que cura, el que ayuda, el que dice las cosas de frente, sin temor al qué dirán.
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