“Empecé a fumar cuando tenía 16 años. Al principio era algo social, pero con el tiempo se volvió una necesidad. A los 30 ya fumaba más de una cajetilla diaria. Sabía que me estaba haciendo daño: tosía constantemente, me faltaba el aire al subir escaleras y hasta mi hijo se quejaba del olor.
Intenté dejarlo muchas veces. Usé parches, chicles, hasta hipnosis, pero siempre recaía. Lo que realmente me ayudó fue una terapia grupal en el centro de salud de mi colonia, donde escuché historias parecidas a la mía. Ahí entendí que no estaba solo y que fumar era más un reflejo emocional que una necesidad física.
Empecé a correr, cambié mis rutinas y cada día que pasaba sin cigarro lo celebraba como un logro. Los primeros tres meses fueron durísimos, tenía ansiedad y mal humor, pero con el apoyo de mi esposa y mi hijo logré mantenerme firme.
Hoy tengo 42 años y llevo seis años sin fumar. Mi salud mejoró muchísimo: ya no toso, duermo mejor y puedo correr 5 kilómetros sin problema. Dejar el cigarro fue lo más difícil que he hecho, pero también lo más liberador. Si yo pude, cualquiera puede hacerlo.”
