"Empecé a tomar socialmente a los 17 años, como casi todos en mi grupo. Al principio era solo los fines de semana, pero con el tiempo el alcohol se volvió una necesidad. A los 25 ya no podía pasar un día sin beber. Perdí trabajos, me distancié de mi familia y me convertí en una persona que ya no reconocía. Lo peor fue cuando bebía escondidas, incluso antes de llevar a mis hijos a la escuela. Me sentía culpable, rota, pero no podía parar."
"Tocó fondo cuando me detuvieron por manejar ebria con mis hijos en el auto. Fue entonces cuando acepté que necesitaba ayuda. Entré a rehabilitación y comencé terapia y reuniones de Alcohólicos Anónimos. Llevo seis años sobria. No ha sido fácil, pero hoy tengo una vida estable, he recuperado la relación con mis hijos y, lo más importante, he vuelto a confiar en mí misma. Mi historia no es perfecta, pero si yo pude salir, otros también pueden."
