Todo empezó en la preparatoria. Un día me tomé una foto con mis amigas y me vi más ‘grande’ que ellas. No era cierto, pero en mi cabeza empezó a repetirse la idea de que tenía que bajar de peso. Al principio solo dejaba de comer postres o frituras, luego eliminé los carbohidratos, y después me saltaba comidas completas. Decía que ya había comido en casa o que no tenía hambre.
Bajé mucho de peso en pocos meses. Mis papás y amigas me decían que estaba demasiado delgada, pero yo me miraba al espejo y seguía sintiendo que no era suficiente. Llegué a hacer ejercicio en exceso, incluso con mareos, y a veces provocaba el vómito cuando comía algo que me hacía sentir ‘culpa’.
Las consecuencias no tardaron: dejé de menstruar, me cansaba al subir escaleras, se me caía el cabello y tenía frío incluso en días calurosos. También me aislé socialmente porque salir implicaba comer o responder preguntas incómodas.
El punto de quiebre fue un desmayo en la universidad. Me hicieron estudios y el médico dijo que tenía desnutrición severa y un desequilibrio electrolítico peligroso. Fue la primera vez que sentí miedo real de morir por lo que estaba haciendo.
Acepté ir a terapia psicológica y nutricional. Al principio fue muy difícil: comer me generaba ansiedad y miedo. Pero poco a poco, con apoyo de mi familia, entendí que mi valor no dependía de mi peso. Ahora sigo en tratamiento, tengo recaídas, pero sé que la recuperación es un proceso.
Si alguien está pasando por algo parecido, le diría que no espere a tocar fondo. Buscar ayuda no es señal de debilidad, es el primer paso para recuperar tu vida.
