Perdí un año de universidad por mi consola… pero también encontré mi vocación

Freepik

Perdí un año de universidad por mi consola… pero también encontré mi vocación
Freepik

Cuando tenía 19 años, empecé la universidad con muchas expectativas. Estaba estudiando Ingeniería en Sistemas, algo que siempre me atrajo. Pero ese primer año fue más difícil de lo que pensé: presión académica, ansiedad, una ciudad nueva y ningún amigo cercano. Fue entonces cuando me refugié en mi vieja consola Xbox.

Al principio, jugaba una hora al día, solo para relajarme. Pero con el tiempo, esa hora se convirtió en cinco, luego en noches enteras. Me enganché a juegos en línea como Call of Duty y FIFA, donde conocí gente y comencé a sentirme parte de algo. Me sentía bien ahí, mejor que en la universidad.

Las consecuencias llegaron rápido: reprobé tres materias, me llamaron de coordinación y terminé perdiendo la beca. Lo peor fue la decepción de mis padres y la vergüenza que sentí. Me aislé aún más… hasta que un día toqué fondo.

Pero aquí viene el giro: mientras pasaba tantas horas jugando, me empezó a fascinar el diseño de los videojuegos, la lógica de la inteligencia artificial de los NPC, la programación detrás de cada mecánica. Empecé a investigar por mi cuenta, ver tutoriales, aprender Unity. Fue ahí cuando entendí que no quería dejar de jugar… quería crear.

Repetí el año, sí. Pero volví con otro enfoque. Hoy estoy en mi último semestre, con un proyecto de videojuego propio y una pasantía en una empresa indie de desarrollo. La consola que casi me hunde, terminó mostrándome mi camino.

Por eso, siempre digo: los videojuegos no son buenos ni malos. Todo depende de cómo los uses. Si se convierten en una evasión, te pueden destruir. Pero si encuentras tu pasión en ellos, pueden ser la mejor herramienta para descubrir quién eres