Todo empezó de forma inocente. Usaba el celular para mantenerme en contacto con mis amigos, seguir las clases en línea, ver videos y distraerme un poco. Pero cuando me di cuenta, ya no podía estar ni 10 minutos sin mirar la pantalla. Sentía ansiedad si no lo tenía a la vista, incluso me molestaba cuando alguien me pedía que lo guardara."
"Empecé a dejar de hacer cosas importantes. Me quedaba despierta hasta las 3 o 4 de la mañana viendo videos en TikTok o navegando sin rumbo en Instagram. Dormía mal, me costaba concentrarme en clase, y dejé de salir con amigos porque prefería quedarme en casa 'descansando' con el teléfono. Fue ahí cuando empecé a sentirme sola, irónicamente más conectada que nunca, pero desconectada de mí misma."
"El punto de quiebre fue cuando reprobé una materia clave de la carrera. Estaba cansada todo el tiempo, y tenía ataques de ansiedad. Fui a terapia porque no entendía qué me pasaba, y fue ahí donde una psicóloga me habló de la adicción al celular. Al principio me pareció exagerado… pero luego hice una prueba: dejé el celular apagado por 24 horas. Sentí un vacío horrible, como si me faltara algo vital. Ahí entendí que tenía un problema real."
"El proceso de desintoxicación no fue fácil. Tuve que poner límites: desactivar notificaciones, eliminar redes durante exámenes, y establecer horarios de uso. También me ayudó mucho retomar actividades fuera de la pantalla: leer, caminar, conversar cara a cara. No ha sido perfecto, pero ahora tengo más control. Entendí que el celular no era el problema, sino cómo lo estaba usando para llenar vacíos emocionales."
"Hoy sé que la tecnología no es mala, pero debe tener su lugar. Aprendí a usarla con propósito, y no como una vía de escape. Mi consejo para quien sienta que está perdiendo el control: busca ayuda. No estás solo, y sí se puede salir de ahí.
