Soy María López, tengo 34 años y soy madre de un niño precioso llamado Leo, que acaba de cumplir 2 años. Como muchas mamás primerizas, al principio me sentía muy insegura con todo lo relacionado a la alimentación. Veía en los supermercados un montón de productos etiquetados como ‘100% natural’, ‘orgánico’ o ‘sin azúcares añadidos’, y confié en que esas opciones eran buenas para mi hijo.
Durante sus primeros 18 meses, Leo comía casi exclusivamente bolsitas de comida para bebé, cereales instantáneos y purés envasados. Me aliviaba pensar que le estaba dando algo sano y, sobre todo, era muy práctico, porque entre el trabajo y las tareas del hogar, el tiempo me faltaba.
Un día, una amiga nutricionista me comentó que muchas de estas comidas procesadas, aunque parezcan inofensivas, están llenas de azúcares ocultos, sal y con muy poca proteína. Me animé a revisar las etiquetas con más detalle, y lo que encontré me dejó helada: ingredientes que no entendía, jugos concentrados como fuente de azúcar, y nombres engañosos que no coincidían con lo que realmente contenía el producto.
Sentí culpa, mucha culpa. Me preguntaba si eso había afectado su desarrollo, si estaba haciendo daño sin querer. Desde entonces, comencé a preparar su comida en casa. No siempre es fácil, pero ver cómo ha mejorado su apetito, su energía y su salud me confirma que valió la pena.
A otras madres que estén pasando por lo mismo, les diría: no se queden con lo que dice el envase. Lean, infórmense y no tengan miedo de cambiar. A veces, hacer lo mejor por nuestros hijos empieza por cuestionar lo que siempre nos han vendido como ‘bueno’
