“Llegué a un punto en el que mi vida giraba completamente en torno a la iglesia. Sentía que tenía que estar en cada servicio, en cada actividad, y si no lo hacía, me invadía una profunda culpa.
Comencé a alejarme de personas que no compartían mis creencias, incluso de mi familia. Pensaba que eso era lo correcto, que era parte de mi compromiso con Dios. Pero con el tiempo, me di cuenta de que estaba agotado, ansioso y constantemente preocupado por no estar haciendo lo suficiente.
Mi relación con la fe se había convertido en una carga. No sentía paz, sino presión constante. Vivía intentando cumplir expectativas que nunca parecían alcanzarse.
Fue entonces cuando entendí que algo no estaba bien. Buscar ayuda me permitió ver que la espiritualidad no debería vivirse desde el miedo o la culpa, sino desde la libertad. Hoy sigo teniendo fe, pero de una forma más sana, sin sentir que tengo que demostrar nada para ser suficiente.”
