“Es lo más horroroso que he vivido. Es como estar en un hoyo negro sin salida, como vivir una vida miserable. En mi peor etapa, no comía en todo el día y me la pasaba haciendo ejercicio de forma obsesiva. Si comía algo, lo vomitaba inmediatamente. Todo giraba en torno a la comida y al control del peso. Perdí amigos, me alejé de mi familia y sentía que no era suficiente, que nunca iba a ser lo suficientemente delgada.”
“Llegué a pesar menos de 40 kilos. Mis uñas se quebraban, mi cabello se caía, y mis huesos sobresalían. Pero aún así, me miraba al espejo y no podía ver lo que realmente era. Veía grasa donde no la había.”
Gabriela logró iniciar su recuperación gracias a la intervención de un profesor que notó su deterioro físico y emocional. Con el apoyo de su familia y un equipo terapéutico especializado, comenzó un proceso largo y complejo de recuperación.
“Fue gracias a mi psicólogo que empecé a entender que detrás de la anorexia hay un profundo rechazo hacia uno mismo. No es solo un tema de comida o de peso, es algo emocional, muy profundo. Recuperarme fue como volver a conocerme desde cero.”
Hoy Gabriela tiene 24 años, está terminando sus estudios universitarios y continúa en terapia. Aunque reconoce que la recuperación es un proceso continuo, también afirma que volver a disfrutar una comida en paz y mirarse con más compasión ha sido uno de los logros más importantes de su vida.
