Según recuerda Isabel (nombre modificado), tras ingresar a una empresa en plena expansión con menos de un año de experiencia, fue sometida a cargas laborales excesivas y constantes sin descanso. La presión por cumplir metas ambiciosas derivó en una crisis física:
“Las manos y pies se me empezaron a engarrotar, el pulso del corazón estaba muy rápido, un brazo se me entumió… perdí el conocimiento por segundos. Varios médicos me rodearon, me dieron algo para bajar pulsaciones… pensaron que me estaba dando un infarto. Al final, me dijeron que era estrés.”
Esa experiencia incluyó noches interminables sin dormir, ansiedad constante y síntomas similares a los de un ataque cardíaco. Una atención médica de emergencia fue necesaria para descartar un infarto, y el diagnóstico final fue claro: estrés extremo provocado por un entorno laboral agotador.
